Trileros
La verdad es nunca he sentido la tentación de pararme en uno de esos chiringuitos en los que un individuo pregunta de modo repetitivo: “¿Dónde esta la bolita, donde está la bolita?” Esto solo lo he visto en televisión, en algún programa en el que intervenía Enrique Rubio, el recordado comunicador de maldades e inventos, ¿quién no recuerda aquel programa titulado “Adelante el inventor”?
En estos “negocios” -el de los trileros- hay tres figuras, la primera la que mueve las cartas como un poseso, la segunda, el gancho y la tercera el que grita “agua”, que es el equivalente a eso de “que viene la pasma”. La figura que consigue que las cosas funcionen es el gancho, el gancho siempre es un tipo con cara de medio bobo, con habilidad para hacer sentir que la suerte es más que posible, el que incita a los incautos , el que promueve que el tonto “pique”. Y eso, a pesar de la cantidad de veces que nos han pasado reportajes y más reportajes sobre el timo… Pero no aprendemos, es la ambición.
Hay, como en todo, clases, hay trileros que se licenciaron en la universidad de Freinet, otros, lo hicieron en Deusto, unos visten con una camisa y pantalón comprados en el mercado del barrio y otros lucen galas de los lumbreras de la moda, unos se toman cañas con los colegas en el bareto de la esquina y otros son invitados a los mejores salones de la sociedad, incluso algunos rondan la compañía de la aristocracia de “sangre azul” y la otra aristocracia, la del dinero, la del glamour.
En el caso de los trileros callejeros la mecánica es simplona, se incita, se hace aparecer la ganancia fácil y a seguir hasta que aparezca la policía, entonces a correr.
En el caso de los trileros de cuello blanco la cosa es más complicada, mucho más elaborada. Cierto es que en ambos casos se trata siempre de explotar el ansia de dinero, pero en el caso del “timador señorito” la cosa es de tratado de ingeniería finaciera.
Lo primero que éste debe hacer es tener unas oficinas de impresión, luego, gastar a manos llenas, crearse una aureola de desprendido, de interesado en el arte, en el medio ambiente, en la salud…
El arte es siempre un buen punto de partida, además, cuenta con la ventaja de que los poderosos tienen debilidad por los creativos, así pues es fácil, se trata de encontrar un museo, fundación o cualquier cosa que se le parezca y de un solo tiro ya matas dos pájaros. Por un lado el barniz de mecenas y, por otro, las relaciones que esto conlleva. Si de paso te encuentras un castillo medio en ruinas con una extensión adecuada de terreno alrededor, adelante, sigue, da a manos llenas, todo sea por la causa, y eso sin importar que ese terrenillo de nada -800 hectáreas o más-, no sea edificable, eso ya lo arreglaremos. El trilero de cuello blanco ya tiene su chiringuito, ahora solo es cuestión de contar con algún que otro gancho, alguien que susurre a los caballos de pura sangre, alguien que no de puntada sin hilo, alguien que sea tenido en la comunidad económica por hombre serio, o al menos lo parezca, no importa si el fulano de turno hizo su fortuna con algo parecido a los talleres chinos, esos que explotan a los inmigrantes, esos en donde mujeres y hombres desheredados de la fortuna se rompen la espalda confeccionando ropa, eso no es importante, en la alta sociedad eso se considera uno de los derechos de pernada del iluminado de turno. Si además, el futuro gancho tiene fama de tener olfato para las inversiones, miel sobre hojuelas, es el acabóse de la fortuna. El trilero se frota las manos, ahora solo le quedan dos pasos, el primero es conseguir que el “empresario serio y distante” se fije en él, luego es cuestión de hacerle una propuesta que no pueda rechazar: “Oye hilandero, cómprame un buen paquete de acciones de mi compañía, no te preocupes, te garantizo la recompra con un beneficio mínimo de un 20%, eso ante notario”. Es fácil, ¿quién se negaría a dar un pelotazo de semejante magnitud?
El siguiente paso es bien fácil, sutilmente, valiéndote de una buena agencia de comunicaciones dejas filtrar la noticia: “Fulanito, hecho a sí mismo, poderosísimo, riquísimo, listísimo, ha comprado tantas y cuantas acciones de mi empresa”. Justo entonces aparecen los espontáneos, los tontos útiles, los aprovechados y, fundamentalmente, los incapaces… Estos son los encargados de poner en marcha la máquina de hacer dinero, es como quitarle el caramelo a un niño. Los “chicharreros” de la bolsa se frotan las manos, el soplo, la información, el comentario de boca oreja les hace brillar los ojos, ellos también quieren un trozo del pastel, faltaría más… Así, cientos, en el mejor de los casos miles de inversores anónimos se abalanzan a comprar. “¡¡Compra, compra!!” Es el cuerno de la abundancia para el trilero.
El trilero repasa con atención los libros de leyes que aún conserva de cuando hacía la carrera, ve con satisfacción que, sospechas todas, evidencias, ninguna, así pues, es momento de representar el último acto. Primero, claro está, se asegura de que en la bolsa sea tan complicado como acertar un “Euromillón” el encontrar una acción de su brillante chiringuito, luego, le toca componer su cara más “artística” y comentar a su “involuntario gancho” su preocupación: “Las acciones están sobrevaloradas, esto me preocupa, yo creo que es tiempo de vender, de regular.”
El gancho obedece de inmediato, claro, no es cuestión de que su nombre se asocie a pérdidas, ¿dónde quedaría su prestigio, su olfato de perdiguero? “¡¡¡Vendeeeee, vendeeeee!!!”
Al día siguiente, la matanza de los inocentes: la bolsa se llena de papel, los resultados son catastróficos, claro que no para el gancho, ni para el trilero, lo son sí, pero solo para el pequeño hombrecito que un día soñó con ser de los elegidos.
El trilero sale a la palestra, los medios, esos que antes hablaban y no paraban de la meteórica carrera, del brillante futuro, de lo alto y guapo que era el trilero ahora son los encargados de explicar que ellos, los analistas del papel, ya pensaban que era cuestión de tiempo, que en realidad no se trata de un bluf, que es una “regularización” que… No importa que alguno de esos “analistas financieros” hable de unas pérdidas para los pequeños inversores de algo así como 1.000 millones de euros.
Después de todo, la culpa la tiene… el maestro armero y esa afición tan patria de no leer las recomendaciones, esas que ellos, con habilidad y modestia, ponen en letra tan minúscula, con tantos eufemismos que saben el resultado final, aunque, si tuviéramos acceso a las finanzas de alguno de los asesores veríamos que ellos, los listos… ¡¡Los listos también lloran!!