Las Banderas
Las Banderas
Siempre que veo una bandera, sea esta de donde sea, siento como un golpe en el pecho, como un empujón hacia mundos de pesadillas, de sumisión, de…
No me gustan las banderas de ningún tipo, sólo son trapos con los que se tapan los títulos de propiedad de unos cuántos en el ámbito en que tienen vigencia.
Pero sean cuales sean mis gustos personales, o incluso mis ideas, debo decir que mientras no se demuestre lo contrario vivo en una sociedad que se llama a sí misma “Estado de Derecho”, o más sencillo, lugar regido por leyes a las que todos sin excepción estamos obligados, debemos acato y cumplimiento.
Aprendí hace muchos años un concepto que me marca, una idea diferencial: “las normas de convivencia se dividen en dos, las de carácter social y a las que nos obligan la educación y la cortesía y, las otras, las que conocemos como leyes y que se diferencian de las primeras por una palabra de importante significado: “coercibilidad”, dicho de un modo más coloquial, esa facultad que damos a normas determinadas de ser de obligado cumplimiento y que, de no hacerlo, el Estado tiene el derecho de emplear a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para que garanticen u obliguen a que sean cumplidas y respetadas…”
En este dia de agosto me pregunto, ¿a qué espera el Gobierno de Zapatero para obligar a que sea respetado y cumplido lo que está en nuestra Constitución?
Ahora no es sólo una cuestión de los políticos, ahora hay casas de la justicia que se niegan a que ondee la bandera de España, ahora ya no son los bárbaros de las urnas los que complacen a los pistoleros, ahora, la no presencia de esa bandera, los que se regodean en ello, los que ignoran los dictámenes del Tribunal Supremo son los propios jueces de Euskadi.
Insisto, las banderas no me gustan, nunca me han gustado, pero lo de ahora es un desafío de tal calibre, que no es una cuestión de gustos o de negociación. Es tiempo de que el Ejecutivo y el propio Poder Judicial recuerden esa facultad que tienen de emplear los medios que prevé la ley para que se cumplan las normas, los dictámenes del Tribunal Supremo. De continuar más tiempo esta situación muchos ciudadanos entenderemos que, sin más, se puede desafiar al Poder Judicial, que se puede hacer burla y mofa de lo que los magistrados del más Alto Tribunal disponen. La no intervención con la contundencia debida, deja tocada de muerte a la Ley de Leyes. Ahora ya no es solo Bambi quien se limpia el trasero de la diarrea de tanto “ fino y tanto marisco”, con la esperanza de una España democrática, Constitucional, ahora se pasan por el forro a la pobre Carta Magna aquellos que están obligados a ser un modelo para los demás ciudadanos en lo que respecta al acatamiento y respeto por su propio ejercicio como juristas, por lo que les es más representativo… La Ley