Guerras en Moncloa
El Gobierno ZP simula gozar de unidad y de seguridad en si mismo, pero dentro de Moncloa revolotean navajas barberas entre olores de botillo con berzas e imitaciones de espiritualidad Zen y Feng Shui.
Quien ha visto a estos burócratas, New Age garbancera, dice que recuerdan mucho al “Más madera, es la guerra” de Groucho Marx, no Karl.
El ministro de Defensa, gran amigo del Líder, lo ha alertado innumerables veces: la situación de Afganistán está volviéndose peligrosísima para las tropas españolas. Se necesitan 200-300 soldados más para protegerlas.
O se retiran las unidades que están allí, rompiendo los compromisos internacionales y con los aliados, o deben enviarse esos refuerzos.
Pero el autoproclamado dialogante de las civilizaciones dice que no, que desea mantener su imagen pacifista. No analiza la hipótesis de un posible desastre bélico, tras el cual, exponiéndose a serios castigos, los militares deberán denunciar su integrismo pasivamente homicida.
Dentro de aquella Moncloa es visible que la vicepresidenta está alejándose del líder, igual que el ministro del Interior, que no desea tanto entreguismo a ETA-Batasuna-ANV, y el disgusto sordo del de Economía, suplantado por intrigantes especuladores financieros, como los de Intermoney, en la Oficina Económica de ZP.
Personaje que provoca las divisiones, precisamente, con sus ocurrencias geniales, incluyendo la de imponer a Miguel Sebastián –exIntermoney– como candidato a la alcaldía de Madrid en contra del PSOE madrileño y de su político más respetado, Joaquín Leguina.
Hay más desesperados. Como Caldera. No abandonan porque necesitan conservar su industria: el PSOE emplea a decenas de millares de funcionarios cobrando todos los meses.
A ZP le quedan pocos fieles importantes: José Blanco, un periodista de Calle, un fontanero Serrano, el Fiscal General, el ministro Bermejo y poco más. Otros ocurrentes que manejan España.