Contra el ciclismo
Entre julio y agosto de todos los años la prensa siente la obligación de advertir y abroncar muy seria y enérgicamente a los ciclistas que mantienen el insano hábito de doparse antes de pedalear cinco horas para correr unos 250 kilómetros cada día de los 21 que tiene una gran carrera por etapas.
En esas fechas se celebra el Tour de Francia. Los medios le advierten a los corredores que pueden morir como Pantani o el Chava Jiménez si no abandonan los potingues que aumentan su rendimiento y las autotransfusiones de sangre oxigenada en las montañas.
En el Tour actual está descubriéndose que algunos posibles campeones se doparon, incluyendo el del Tour de 2006. Hace tres años que un ciclista español, Jesús Manzano, se autodenunció porque temía morir con su sangre envenenada, y todavía colea la denuncia contra Lance Armstrong, ganador durante siete años consecutivos, y que fue acusado en Francia de doparse.
Demasiados casos. La prensa debería proclamar la gran verdad: el ciclismo de competición es una actividad inhumana, que le exige a muchos contendientes, si quieren ganar para comer, tomar estimulantes mucho más poderosos que café con leche.
Es cierto que todos los deportes llevados al límite exigen recibir ayudas artificiales. Casi se diría que las piden desde siempre: los atletas griegos, hace casi tres mil años, se dopaban ya con vino, cáñamo y cornezuelo de centeno.
Pero el ciclismo pide más droga: asusta preguntarse qué combustible precisarán esas máquinas humanas que le darían la vuelta a los 40.000 kilómetros del perímetro del planeta en solamente 160 etapas como las del Tour.
El PSOE ha presentado su proyecto de ley Gran Simio para tutelar los “derechos humanos” de los monos: en este momento parece más necesaria una ley Gran Ciclista que proteja los derechos humanos de los corredores, al menos, tanto como los de los primates.