Niños explotados
Rhain Davis tiene nueve años y se ha trasladado desde Australia hasta Inglaterra como futbolista alevín del Manchester United, trabajo del que vivirán sus padres; igual caso que el del peruano Pierantonio Larrauri Conroy, de 13 años, que ha marchado con sus padres a Munich, Alemania, donde trabajará como juvenil del Bayern.
Cada vez hay más casos similares, y si los profesionales del sindicalismo exquisito afirman que los deportistas profesionales adultos son esclavos de lujo, qué dirán de los niños atletas que trabajan para mantener a toda su familia.
Lo que lleva a una pregunta que rechazamos en una sociedad que ha convertido al niño en un diosecillo intocable, por lo que muchos padres amamantan como si fueran bebés a sus hijos jóvenes e incluso adultos: ¿es tan malo el trabajo infantil?
Porque lo es cuando el niño no va a la escuela, lleva grandes cargas o está en un medio ambiente contaminado o degradado. Pero no lo es si contribuye a los ingresos de su familia sin interferir su formación para el futuro.
La literatura y la historia del progeso estarían incompletos sin los pastorcillos, sin los repartidores de los pedidos del verdulero, sin el niño dependiente de comercio, a menudo hijo de los dueños, que ayuda a despachar en momentos de agobio.
Siempre que no hicieran abandonar obligaciones escolares, trabajos así crearon seres enérgicos, voluntariosos y dignos. Muchos grandes personajes se forjaron de esta manera.
La ayuda infantil puede ser fundamental para el sostenimiento de la familia, sobre todo en el tercer mundo, si es con poco esfuerzo, mínimos horarios y escolarización.
España era así hace medio siglo, pero nuestra soberbia de nuevos ricos no quiere recordarlo y se escandaliza cuando se le advierte de que aquí había pocos niños hidalgos.